El rol (humano) del investigador: funciones, retos y sueños.

Andrés I. Oliva-Avilés

División de Ingeniería y Ciencias Exactas

Universidad Anáhuac Mayab

andres.oliva@anahuac.mx

 

Lo importante es no dejar de hacerse preguntas, la curiosidad tiene su propia razón de existir” (A. Einstein).

     Cuando aparece en medio de una plática el término “investigador”, es de lo más común pensar en individuos con altos coeficientes intelectuales, generalmente desarreglados en su apariencia, trabajando en laboratorios con vidriería delicada y equipos sofisticados, y con (seguramente) muy poca vida social. Y aunque más de uno de los pertenecientes a dicho gremio pudiésemos encajar en alguna (o más de una) de dichas características, la figura del investigador es de gran importancia y relevancia para el desarrollo y progreso de la sociedad, siendo las funciones que estos profesionales desempeñan capaces de impactar y transformar diversos escenarios. Acotando el universo hacia la comunidad universitaria, la investigación representa un elemento imprescindible dentro de cualquier estructura institucional de educación superior. El objetivo de esta reflexión es justamente poner esto sobre la mesa y presentar la apreciación de un investigador ante esta perspectiva.

     Aunque la definición de las funciones de un investigador puede diferir entre las organizaciones o los autores, desde mi particular punto de vista podemos clasificar dichas funciones en: (i) generación y transferencia de conocimiento, (ii) formación de recursos humanos de alto nivel y (iii) obtención y gestión de recursos para el desarrollo de proyectos. El orden en el que menciono estas funciones no refleja en absoluto una jerarquía entre las mismas, mereciendo las tres el mismo nivel de prioridad. Sin duda, una de las labores favoritas del investigador es la generación de conocimiento científico, desde luego desde su campo de experiencia. Y cuando hablo de generar conocimiento, no me refiero al concepto abstracto “elegante y sofisticado”, sino a materializar hallazgos, relaciones, comportamientos, tendencias, desde las perspectivas teórica o experimental (y en el mejor de los casos, ambas), en un lenguaje universal, concreto, objetivo, medible y, desde luego, criticable por la comunidad científica.

     Este proceso es en realidad bastante largo, teniendo su origen en el planteamiento de una pregunta de investigación y una hipótesis de trabajo, continuando con la formulación e implementación de la metodología necesaria para poder validar dicha hipótesis y concluyendo con plasmar los resultados generados en los canales adecuados. ¿Y de dónde “se saca” el investigador las preguntas y las hipótesis de trabajo? Desde luego no por mera inspiración divina. En mi experiencia, esta parte es de las más complejas en la labor, y puede llevar a los más grandes éxitos o a los más frustrantes fracasos. Desde luego el investigador lleva consigo una formación previa, experiencias vividas y trabajos documentados durante su formación académica. El estar actualizado en el “estado del arte” del tema en cuestión es de altísima importancia, pues la pregunta de investigación debe ser novedosa, diferente y original, capaz de añadir un peldaño más al conocimiento científico del área. De este modo, la hipótesis de trabajo viene como resultado de haber explorado los diversos factores mencionados, encontrar el “nicho de oportunidad académica” y finalmente plasmarla en un documento/protocolo, generalmente en forma de los conocidos “objetivos generales y específicos”. Con la hipótesis y objetivos definidos, se genera entonces la metodología de trabajo, que conllevará la aplicación formal y estricta del método científico, buscando siempre la reproducibilidad y el argumento técnico de los resultados generados. Dichos resultados, una vez estructurados y plasmados en los formatos correspondientes que los diversos canales científicos exigen (revistas científicas, congresos, seminarios), tendrán que pasar por un proceso riguroso de revisión y crítica, donde varios investigadores de diferentes partes del mundo revisarán y darán su dictamen. El investigador debe tener la capacidad de utilizar argumentos académicos sólidos y difíciles de refutar (sobre todo, aunque no exclusivamente, basados en evidencia empírica) para convencer a sus colegas de que su contribución a la ciencia es de valor y merece ser publicada y difundida para la posteridad.

     Nada de esto sería posible sin contar con el apoyo y trabajo de los estudiantes, entendidos como “investigadores en formación”. Aquí es donde se realiza la segunda función del investigador: la formación de recursos humanos. La formación de los estudiantes en la vida científica cobra una gran relevancia, principalmente porque aquellos que logran conectarse con el mundo de la investigación viven día con día la emoción y reto constante que implica el enfrentarse a un problema real, contribuyendo desde sus propias capacidades. Bajo la asesoría del investigador, los estudiantes se convierten en los verdaderos ejecutores del proceso de investigación. Son los que aportan la frescura y talento al reto científico y/o tecnológico a desarrollar. Son los que en realidad viven el “Eureka” de Arquímedes (¡lo he descubierto!) en su labor y, al final del día, se vuelven junto con el asesor una verdadera “familia académica”, que se alegra de los triunfos y se entristece de las experiencias no tan gratas. Desde luego, los alumnos deben tener también la humildad y docilidad para adentrarse en el rol de entrenamiento científico, de abrirse al aprendizaje y a la retroalimentación por parte del investigador, generando entonces las competencias y habilidades que requerirán en el futuro. Y dentro de todo esto, el investigador juega ese rol humano, capaz de identificarse con el estudiante (¡viéndose en él algunos años atrás!) y, como un padre con sus hijos, los motiva e impulsa para sacar sus mejores talentos y capacidades. ¡Qué gratos recuerdos tengo de las profundas discusiones con mis asesores! En otro contexto igual de importante en la dinámica de educación superior, la presencia del investigador en el aula se vuelve una experiencia de mucha riqueza para los alumnos que no tienen una vocación científica, pues complementando los contenidos de programa, está también llamado a transmitir en cada cátedra ese inherente espíritu de búsqueda e innovación. La influencia del investigador no solamente se refleja en aquellos estudiantes que quieren generar el conocimiento, sino que también permea en el desarrollo de competencias en el aula, que si bien no estarán dirigidas concretamente a “escribir una tesis o a publicar un artículo científico”, sí permiten a los jóvenes profesionales  compartir sus experiencias con colegas, pensar de forma ordenada, plantear y generar problemas y soluciones a los mismos, buscar la practicidad, ¡incluso  redactar adecuadamente!

     Por último, la parte quizá un poco menos “agradable” pero tan necesaria para llevar a cabo los proyectos: la búsqueda y gestión de los recursos. Nada se mueve con buenas intenciones, el investigador debe estar siempre ávido y en la búsqueda de fuentes de financiamiento para desarrollar los proyectos. Ya sea desde la perspectiva pública (fondos gubernamentales, tanto federales como locales), la vía privada (empresas, industria) o incluso con financiamiento interno (la propia institución/universidad), el investigador debe estar en constante “competencia” por identificar fuentes y obtener estos recursos, que finalmente son utilizados para la adquisición de equipos e insumos en investigación, para la difusión de los resultados científicos y para el apoyo y formación de recursos humanos (becas, apoyos y experiencias en investigación para los estudiantes).

     Es una labor muy ardua el plasmar de la mejor manera y con los soportes rigurosos adecuados las propuestas de proyectos para poder competir con otros pares, argumentando que la idea es digna de ser financiada, pues contribuye en forma sustancial al avance de la ciencia en el país y en el mundo. Y una vez con estos apoyos, el investigador juega el rol de administrador, de empresario, de contador y de relator de informes técnicos y financieros que complementan la labor de la investigación. Es en estos escenarios donde se VIVE en realidad aquel dicho entre colegas de que “no todo es ciencia”. Pero al mismo tiempo, se convierten en experiencias que complementan el perfil del investigador, en una forma quizá no tan atractiva pero definitivamente necesaria. El contar con estos financiamientos, además de permitir llevar a cabo el trabajo de investigación, posiciona también al investigador y a la institución que lo respalda, pues recibir estos apoyos indica la calidad en el trabajo académico y, por ende, el impacto institucional ante la comunidad académica.

     Muchas otras son las experiencias y vivencias en el día a día del investigador y que tocan en forma transversal las tres funciones previamente mencionadas: colaboración con otras instituciones, codirecciones de estudiantes, participación en comités sinodales en diferentes instituciones y niveles académicos, participación en foros, congresos, mesas panel y eventos de difusión científica, por citar algunas. Éstas son el “hábitat natural” del investigador, donde se le percibe de lo más cómodo y donde se sigue formando todos los días. Y aunque las áreas de especialización, personalidades y experiencias formativas son infinitas y tan variables para cada investigador, hay algo que, sin temor a equivocarme, puedo afirmar que todos tenemos y compartimos: la pasión. Sin lugar a duda, el amanecer todos los días con nuevos desafíos, con diferentes circunstancias, en un permanente estado de análisis y desde luego con ese elemento de diversión es realmente imposible de medir y genera una satisfacción única. Hay una frase que aprendí de un gran referente en la docencia e investigación (Dr. Héctor Riveros Rotgé, asesor y mentor de mi padre, el Dr. Iván Oliva) y que ha quedado marcada en mi historia: el entender genera placer. ¡Y es tan cierto! El llegar a casa y compartir con la emoción de un niño que el artículo fue aceptado, que el experimento finalmente marcó la tendencia, que los estudiantes presentaron excelentes avances o que tu obra fue citada por la comunidad científica se vuelven experiencias de gran satisfacción.

     La invitación a compartir esta pasión está abierta para todos. Te invito a acercarte a los investigadores y a sus “campos de batalla”, a cuestionarlos en sus labores y retos y a indagar respecto a lo que los motiva día a día a llevar esta labor. Te aseguro que la charla será amena y transparente, pues no hay nada más emocionante que hablar de lo que más te apasiona.

Semblanza

     Originario de Mérida, Yucatán. Ingeniero Físico por la Universidad Autónoma de Yucatán (2008, Mención Honorífica), con Maestría (2010) y Doctorado (2013), ambos en Física Aplicada, por el CINVESTAV-Mérida. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel I) del CONACYT desde 2015 y actualmente Profesor-Investigador en la División de Ingeniería y Ciencias Exactas en la Universidad Anáhuac Mayab. Durante su trabajo doctoral, realizó una estancia de investigación en el Departamento de Ingeniería Aeroespacial y Oceánica del Instituto Tecnológico de Virginia (Virginia Tech, EU), desarrollando estudios teóricos y experimentales de materiales nanoestructurados para aplicaciones en monitoreo estructural. A la fecha cuenta con varias publicaciones internacionales, diversas participaciones en eventos nacionales e internacionales, ha sido revisor de más de 30 artículos en diversas revistas internacionales y tiene más de 200 citas de su obra científica. Las líneas principales de investigación del Dr. Oliva-Avilés recaen en el estudio de materiales compuestos basados en nanoestructuras de carbono para aplicaciones multifuncionales y en la fabricación y estudio de materiales semiconductores para aplicaciones ópticas y fotovoltaicas. Actualmente cuenta con financiamiento con fondos SEP-CONACYT (Responsable Técnico) y funge como director y codirector de estudiantes en nivel licenciatura y posgrado.

     Andrés es padre de tres hijos (Pablo, Ivana y Andrea) y esposo (por la fe católica) de una extraordinaria mujer (Mila Salazar), coautora principal de sus más importantes logros de vida. Disfruta mucho del tiempo de calidad en familia, del apostolado junto con su esposa e hijos, y de los deportes (principalmente si son acompañados de una buena cerveza oscura).